
Vaya uno a explicarle a los 85.018 hinchas que volvieron a llenar el Monumental que esto no es un pase a cuartos de la Libertadores ni a la final del torneo. Cantan, gritan, saltan, están desaforados. Qué importa que sea recién el primer triunfo del semestre de River. De un River que revivió. De un River que finalmente jugó bien y, con todas sus estrellas en la cancha, se ilusiona con que este 2-0 a Argentinos haya sido la piedra fundacional de una historia tan prometedora como los nombres que tiene.
Era el día. No había otro día. No se podía postergar más el hecho de romper el cero total en la tabla de posiciones. Esa hinchada, que no festejaba un gol desde el de Lautaro a Inglaterra, merecía una alegría. Y así lo entendió un equipo que se contagió de un estadio que transmitió una vibra impresionante desde incluso antes del partido: se percibía una sensación de que esta vez sí había mancomunión entre los de adentro y los de afuera para sacar adelante una parada bravísima, conseguir aire y darle horas de paz a un Chacho Coudet que había vivido las semanas más complejas de su carrera.
Para redondear eso, de todos modos, era necesario el fútbol. Y el fútbol apareció. Sí, puede que todavía falten algunas vueltas de tuerca en cuanto al funcionamiento, pero River tiene jerarquía de un nivel que supera por amplio margen a 28 de sus 29 rivales (Boca, el único que puede competirle en ese término). Y eso se vio en la dupla que ilusiona a los jóvenes y levanta de sus asientos a los más grandes: Angelito Correa y Thiago Almada, aún cuando recién estén arrancando, demostraron ser los faros a los cuales seguir.
Sus luces son las que iluminan el camino. Realmente sería muy difícil explicar este triunfazo ante el #2 de la anual y el que tenía 12 de 12 en el Clausura si no fuera por las presencias de las dos estrellas. Primero y principal, Correa, el MVP de una tarde-noche de desahogo: con libertades para moverse por detrás de Beltrán y como mediapunta, le ganó constantemente la espalda a Gutiérrez, le dio juego al equipo y regó el césped de arte con unos controles que hace rato no se veían.
Encima, con amor propio y potrero. Referencia para siempre encontrar un pase limpio y consistente en la presión alta, se asoció muy bien con Freitas y Andrada (si sigue jugando así, dentro de poco vienen a buscarlo de Europa) y se ganó a la gente con esa corrida más penal convertido en el final. Una invitación a soñar de la que también fue partícipe su amigo Thiago, con pinceladas distintivas, sociedades con Ortega en la izquierda y un sentido de la ubicación notable para encontrar espacios y recibir con ventaja. Y eso que recién lleva una semana de entrenamientos…
En ellos dos deberá apoyarse futbolísticamente (no depender) este River que ahora juega una carrera contra el tiempo intentando recuperar los puntos perdidos: recién pasó a ser el 14° de su zona y el noveno de la anual, a seis puntos del repechaje de la Libertadores 2027.
Adelantarse demasiado sería un error porque recién es el primer paso, pero evidentemente hay material para que el equipo y los hinchas crean que hay con qué creer: bajo el liderazgo de Otamendi, el plantel se mostró más unido que nunca y hasta realizó arengas grupales en el centro de la cancha tanto antes del inicio del encuentro como al final.
Con esa inyección anímica llegará River a la serie de octavos de la Sudamericana que largará el miércoles en la altura de Bogotá. La historia dirá si este domingo se termina recordando como el inicio de otra historia hermosísima: era el día para, finalmente, ganar. Con Ángel y Thiago, el futuro es ilusionante…
