
Con un polémico arbitraje de Ramírez, el Xeneize se impuso con gol de Di Lollo, se aseguro el pasaje a la Libertadores y hundió al rival de siempre.
Un superclásico que se terminó ahí, a los 27 minutos del primer tiempo. Que tuvo su principio del fin con la expulsión de Martínez Quarta en el amanecer del partido, un pecado capital más del marcador central desde su regreso de Europa. Y al que Boca selló con ese 1-0.
Un superclásico que dejó a River escupiendo fuego, a sus dirigentes en otra embestida contra la AFA, a su entrenador en bambalinas y al equipo sin ganar un solo partido importante en este 2026 (de paso, no metió goles en los últimos tres superclásicos).
Cinco meses después de quedar afuera de la Libertadores con la U. Católica, Boca vive una fantasía tan tangible como esa fiesta que definitivamente se desató en la Bombonera con el pitazo final de un cuestionado y dubitativo Nicolás Ramírez, tras ese desenlace 11 contra 9 (por la roja a Montiel). Sin brillar esta vez pero con una muestra más del sentido común que le dio Arruabarrena, Boca vive un fin de año que puede terminar con cinco títulos y el definitivo regreso de un gigante que venía dormido.
Es omnipresente la presencia de Paredes para manejar algo más que los tiempos (estuvo a centímetros de meter un golazo). Es el titiritero aun sin mostrarse al 100% desde lo físico y son claves sus laderos Delgado y Ascacibar, el primero para alternar posiciones y funciones con el capitán y el otro para llegar hasta por las dudas al área rival.
Son confiables y determinantes cuando deben serlo los laterales, resultan sólidos y tienen gol los pibes del club que conforman la dupla central, ataja lo que debe atajar el colombiano Montero y llega a pesar de no tener una tarde lúcida de Flores-Merentiel-Villa.
Boca tiene un equipo, trabaja los partidos de acuerdo a las necesidades y está alerta siempre, un combo que no es nada menor. Cuenta con recambio y aprovecha absolutamente todo: el viento de cola y la debilidad de los adversarios. Y vaya si se nota la mano de Arruabarrena, el otro gran responsable individual (con Paredes) de este momento de gracia.
El Vasco dice lo justo y lo necesario, pero no se calla. Se va de la cancha rápido, apreta los puños varias veces de cara a la platea antes de perderse en el túnel y le deja el gran festejo gran a los jugadores de cara a los hinchas.
El otro estallido
River brama y se retuerce contra otro arbitraje del que se siente naturalmente perjudicado. En medio de su guerra contra la AFA y en un partido en el que se discutió hasta si había sol o nubes, terminó con dos jugadores menos y todavía pide revisiones al VAR por, al menos, una segunda amarilla para Paredes y un agarrón de Di Lollo a Otamendi en el descuento. Un River que llegó cargado en este sentido al clásico por razones que son de público conocimiento y ciertas determinaciones de Ramírez no ayudaron a morigerar el ambiente. En este contexto, la roja a Martínez Quarta es incuestionable (acá a Ramírez lo salvó el llamado del VAR), pero Blanco debió ser expulsado antes que Montiel por una acción casi idéntica (sobre Andrada) previa justametne al foul de Cachete a Blanco.
Más allá de esta cuestión cargada de morbo y polémicas, la salida de Thiago Almada, a 20 minutos del final, describe el momento y las decisiones que tienen a River rezando (a Boca, entre otros) para meterse en la Libertadores 2027. El refuerzo estrella del último mercado tuvo un tiro libre ideal al final de la primera parte: su remate, dos metros arriba del travesaño, no admite mayores comentarios. Empezó como una estampa de Paredes, escenario que se lo llevó puesto la roja a Martínez Quarta.
Desde ahí, River se asumió definitivamente inferior, no generó ninguna atajada de Montero, recién tuvo un tiro de esquina en el segundo tiempo y Beltrán, por caso, hizo tiempo en cada saque de arco. Un River que terminó con Giovanni González de 4 (vale la pena repasar el último centro que tiró el uruguayo que llegó desde Krasnodar de Rusia) y el pibe Juan Cruz Meza de volante central.
Su objetivo urgente será lograr templanza y apuntarle a los playoffs para, de una buena vez, justificar lo que invirtió y darle al menos una alegría a sus hinchas.
Alegría que se refleja en cada hincha de Boca. Un Boca que, como dice Arruabarrena, todavía no ganó nada. Acá ganó un clásico y tiene al menos un título servido en bandeja…


